Este texto podía empezar anunciando que hoy, 28 de marzo, ha fallecido Yolanda Monreal Chevalier des Arts et des Lettres (Caballero de las Artes y de las Letras). Y estaría bien si el texto lo firmase una escuela, pero nos vais a perdonar si no es así. Porque este texto no lo firma una escuela, sino que lo firmamos todas y cada una de las personas que conocimos a Yolanda; sus alumnos, sus compañeros, sus socios, su familia, su compañero de vida inseparable. Y todos sabemos que Yolanda fue siempre mucho más que una socia, que una amiga, que una profesora o que esa mujer de pelo naranja, carácter fuerte y energía inagotable.

Yolanda fue nuestra familia; nos enseñó a respirar, a vocalizar, a distinguir una fricativa de una bilabial, a escuchar, a reaccionar, a no frivolizar con el texto a ritmo de su pandereta. Yolanda fue quien nos hizo reír y quien nos hizo enfadar porque lo mismo nos daba un achuchón que nos ponía un mote o nos cantaba cocoguagua hasta hacernos llorar de rabia.

Y es que Yolanda dejaba huella en tu vida, tanto si la tenías como profesora, como si era tu amiga, tu compañera o tu familia; tanto si la habías conocido en Madrid, en Valladolid, Albacete o El Salvador.  Porque Yolanda era como un huracán que, una vez que entraba en tu vida, te mantenía girando para siempre, ora discutiendo contigo de forma vehemente, ora dándote unos abrazos y unos achuchones a los que no había ser humano que se resistiese.

Yolanda lo hacía todo con pasión, entregándose al 100%. Y esa pasión fue la que les permitió a Antonio y a ella sacar adelante Bululú 2120 en una época en la que el resto de escuelas apostaban por métodos psicologistas y contaban con un apoyo mediático infinitamente superior.

Yolanda era, y nos vais a perdonar la sinceridad, como una central nuclear de teatro y cariño. Imposible de detener una vez que se ponía en marcha y capaz de emanar la energía de tres soles con tan sólo una ráfaga de su pelo de colores. Que se haya muerto al día siguiente del día mundial del teatro seguro que quiere decir algo. Tan seguro como que, si se lo contásemos a ella, se bajaría las gafas dejando una patilla en su oreja y nos diría “Menuda chorrada” y estallaría en una de esas carcajadas suyas que todos tenemos grabadas en la memoria.

Pero Yolanda también era hondamente anticlerical y por eso nos sentimos obligados a decir que ni se os ocurra pedir una oración por su alma, ni vayáis a imaginarla en un cielo entre ángeles y nubes de algodón. El sitio de Yolanda está en los corazones y en el recuerdo de quienes la conocimos, la quisimos, la queremos aún y no la olvidaremos nunca. Si queréis hacer algo por ella, poned la Marsellesa a todo volumen, cabrearos por las injusticias como ella siempre hizo, decid tacos cada vez que veáis a un listo escaquearse y pegadle fuego a cualquier intento de malvender nuestra sanidad, nuestra educación o a quien menosprecie a la mujer, por el mero hecho de serlo. Estamos seguros de que eso le hubiese encantado.

Hasta siempre, Yoyo. Ojalá estemos a la altura de todo el cariño que nos diste. ¡Vive la France!